El me regala suspiros al atardecer.
Eso hace que me funcione y se encienda mi felicidad.
Los suspiros son tan dulces que tenerlos en la boca, te hace entender porque se llaman suspiros.
Hacen suspirar, saborear lo dulce. Pensar que eres feliz.
No necesitar de más nada si no de su sabor. Dejarte volar, mirar el cielo y sonreír porque es un suspiro más.
Lo puedes tener en toda tu boca no tiene porque irse solo a tu garganta, no tienes que hacer ningún esfuerzo solo saborear y dejarte llevar.
Pienso en esos instantes, y lo cierto que es que la felicidad es instantánea. El no sabe lo feliz que me esta haciendo con un regalo diario. Entonces una tarde sin muchas ganas, hay un suspiro frente a ti. Incluso a veces son tantos que puedes empalagarte y pensar en aquel consejo común de que todo en exceso es malo. Pero quizás la felicidad en exceso sea muy rica. Soy yo y los suspiros y así no se necesita de nadie!
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