Y ahí frente al mar, lo ame.
Ame el mar, ame el sol, ame la arena, porque todos son tan
inmensos, que no logro ver su fin.
Aprendí a amar al mar de grande con un amor que cambio mi
vida.
Y aprendí a amar y disfrutar cada momento con el mar.
Me da tranquilidad, me da paz, esa paz que yo solo busco en mí,
y los demás importan poco.
Logra que me olvide de todo, totalmente todo, solo con
verlo.
Solo con ver sus olas tan armoniosas, tan de distintos
tamaños, tan respetuosas, tan cambiantes
y con tanto poder sobre todo.
El mar está vivo, lo sé cuándo lo veo, lo sé cuándo me callo
para escucharlo, y él me habla.
Me habla como el sol, que me dicen que vale la pena vivir
solamente para verlos.
Nacer en el caribe quizás fue el mejor regalo que se me dio,
poder ir al mar para conversar con él, cuando yo quiera. Sin depender del
tiempo.
Dormir junto a él, es escucharlo toda la noche diciéndome que
está ahí para cuidarme.
Así me enamoro cada día más de él.
En el caribe, y disculpen los demás, tenemos palmeras,
palmeras hermosas, gigantes, enanas, que enamoran, que hacen del cielo un lugar
más bonito para mirar.
Que acompañan al mar y le dan más inmensidad.
Amo al mar…
Comentarios
Publicar un comentario